[...] Por eso, el simple hecho de correr una hora todos los dÃas, asegurándome con ello un tiempo de silencio sólo para mÃ, se convirtió en un hábito decisivo para mi salud mental. Al menos cuando corrÃa no tenÃa que hablar con nadie ni que escuchar a nadie. Bastaba con contemplar el paisaje que me rodeaba y mirar hacia mi interior. Eran momentos preciosos e insustituibles. [...]
Este fragmento del libro De qué hablo cuando hablo de correr resume perfectamente qué supone realmente para mi correr de forma más o menos contÃnua. Y es que más allá de ritmos, kilómetros u objetivos a alcanzar, hay unos motivos mucho más potentes para levantarse a las 6:30 de la mañana y con una temperatura bajo cero.

Madrugar y correr cuando no hay nadie más en la calle, viendo que lo único que vas a encontrar es hielo en los coches, que no vas a escuchar más ruido que el de tus zapatillas al golpear el suelo, mientras sudas y sufres es, sin duda, la mejor manera de empezar un dÃa.
Entre 30 y 50 minutos en plena soledad para resetear la cabeza, ordenar pensamientos o, simplemente, dejar que la mente fluya. En algunas carreras matutinas he encontrado soluciones o ideas para cosas cotidianas o laborales que tenÃa enquistadas. O me han servido para olvidar pequeños enfados puntuales que se podrÃan haber convertido en grandes problemas de no haberlos sudado en la carretera.
Todo el mundo necesita un motivo para lanzarse a hacer kilómetros  y el mÃo es ese.